1.- Los
italianos
¿Por donde comenzar a hablar del papel de la inmigración
italiana en nuestro país? No es sencillo por varias razones que incluyen
la diversidad social, cultural y lingüística de los arribados.
El primero en llegar al Rió de
la Plata lo hizo muchísimo antes de la creación
del Reino de Italia y por supuesto, de la aparición del lunfardo como
habla popular.
El historiador Enrique de Gandia nos trae noticias de un
navegante genovés, comerciante, que se llamo León Pancaldo, quien por
razones que no viene ahora al caso comentar, estuvo con Mendoza en la
primera y fallida fundación de Buenos Aires.
Algo presuntuoso el hombre, de vuelta a su lugar de origen,
Savona, hizo grabar una inscripción sobre la puerta de su casa que
decía: "lo sono León Pancaldo, savonese chi'l mondo tutto rivoltai a
tondo". De ahí que podamos comprender de donde nos viene el síndrome de
suficiencia que nos han endilgado.
Lo había escrito en su dialecto, alejado del latín, tal como
lo hicieran en aquellos tiempos en sus escritos, Ariosto o Maquiavelo
empleando la lengua vulgar.
Es que en el siglo XV Italia era un mosaico de ciudades y el
Imperio Español hacia sentir allí su supremacía. Carlos V, era desde
1522, dueño de Nápoles, Milán, Cerdeña y Sicilia; por ello en tiempos de
la Colonia, durante el virreinato, aquellas regiones
respondían todavía a
la Corona Española,
por eso a estas orillas del Plata llegaron con los pioneros, apellidos
como Belgrano, Castelli, Alberti, cuyos descendientes son muy caros a
nuestra historia y nacionalidad.
En esos tiempos el patriotismo era la base del orgullo en que
se inspiraba la potencial grandeza del país, afianzada en el concepto de
patria-ciudad que se amoldaba bien a las condiciones geográficas y
políticas del momento.
jSilencio, que al mundo asoma, la gran capital del sud!,
decía el poeta Vicente López y Planes en exaltación de futuras
prosperidades a concretarse en Argentina, país nuevo con recursos
inagotables, con una situación geográfica, un clima privilegiados, y un
campo abierto en los que podrían vivir felices millones de hombres. Así
era la Argentina a mediados del siglo XIX. Contaba con apenas 1.000.000
de habitantes dispersos en alrededor de 1.400.000 Km2. Ante tal vacío
demográfico, poblar era la urgencia.
La
mayoría de ellos llego en barco y en tercera clase. Tuve oportunidad de
leer un aviso aparecido en Buenos Aires el sábado 24 de septiembre de
1910 en la publicación, "La patria degli Italiani" donde se anunciaba el
servicio especial extra
rápido (prometían realizar el viaje entre Europa Y el Rió de
La Plata en 14 días) en el "Principesca Mafalda" a
un costo de $100 pesos en tercera clase si el pasajero embarcaba en
Barcelona y $113 si lo abordaba en Génova.
Podemos decir que durante el siglo XIX
arribaron mas inmigrantes italianos de las provincias del norte y en el
siglo XX llegaron mas desde las provincias del Sur. Calabria, Piamonte,
Sicilia y Lombardia fueron las regiones que aportaron el mayor número de
inmigrantes en 130 años. Eran campesinos en su gran mayoría, pero
también llegaron empresarios, obreros calificados, comerciantes,
profesionales, intelectuales, técnicos y artesanos.
Durante el gobierno de Rosas llegaron al país los genoveses,
y aprovechando la brecha que había dejado libre
la España monopólica se dedicaron a establecer los
primeros contactos de tipo comercial.
La primera inmigración italiana jugó un papel preponderante
al abrir caminos y espacios para los italianos que vendrían después.
Con pericia marinera navegaban los ríos desarrollando
actividades conexas; la construcción de pequeñas embarcaciones, el
aprovisionamiento de frutas y verduras, desarrollando una actividad que
controlaron durante mucho tiempo. Baste recordar los grandes mercados
abastecedores como el Mercado Acopiador Central, el Spinetto en
Balvanera o el "Mercado de los Italianos" en San Cristóbal.
Del 15 al 17 de septiembre de 1869, durante la presidencia de
Domingo Faustino Sarmiento se realiza el primer censo en la población.
La presencia italiana era muy fuerte en muchos ámbitos: en
la Unión Industrial
Argentina, en el Movimiento Anarquista, en
la Federación Agraria,
en los partidos políticos y en la Iglesia Católica.
Para 1871, el 87% de los italianos presentes en el país
provenía del triangulo Piamonte- Lombardia- Liguria. Para 1887, parecía
que toda
la Argentina
iba a convertirse en una Italia de ultramar puesto que ya constituían el
32% de la población de la ciudad y si a ello agregamos a los hijos de
los italianos, censados a la fecha como argentinos, bien podría decirse,
sin temor a exagerar, que la mitad de la población o algo mas, procedía
de aquel origen.
Los ligures se afincaron, progresaron, formaron un pequeño
barrio italiano en
La Boca y después de la caída de Juan Manuel de Rosas se expandieron por
los barrios de la ciudad y algunos de ellos, como Balvanera y San
Cristóbal serian distritos no menos italianos que La Boca. Todas,
barriadas laboriosas, nucleadas mayormente, en torno a la actividad
portuaria.
La inmigración genovesa no fue más numerosa que la de otras
regiones. Concentrados, como dijimos, en el barrio de
La Boca a fines del siglo XIX hablaban el genovés
que no era el mismo que hablaban en Génova las clases cultas, sino que
manejaban el léxico de los marineros.
Así se fueron incorporando términos: primero, gastronómicos;
tuco, chupín o faina o simplemente domésticos, como pishar o enchastrar.
Como era de suponer, los hijos de los inmigrantes pronto
perdían la lengua de sus padres, se argentinizaban y llegado el momento
no tenían empacho en casarse con personas de otro origen o de otras
regiones del país. Pero pasemos a ver que paso con el idioma, con la
previa aclaración de que una cosa es el idioma y otra el habla.
Todos los idiomas del mundo son mestizos y como tal el
castellano en su variante porteña y popular, o sea el habla, recibió el
sello de este dialecto traído por los navegantes de Liguria.
Tal vez resulte oportuno añadir que se llama dialecto a la
variedad que asume una lengua en determinada región. Cuando se habla de
los dialectos italianos se piensa principalmente en el genovés, el
piamontés, el lombardo y el véneto.
En el repertorio léxico de esos dialectos
se encuentra el origen de gran número de términos lunfardos.
Seria oportuno entonces recordar que es el lunfardo para la
aventura lingüística de la vida diaria, sobre todo la del porteño que
suele valerse de el para reemplazar con mas fuerza al termino castizo y
académico, ya que no es lo mismo decir mina por mujer, ni guita por
dinero, ni biaba por paliza.
Nadie podría hablar en lunfardo puesto que no es un idioma, y
así lo fuera, habría que ser demasiado tonto para renunciar a un idioma
como el castellano que además de bello nos permite la comunicación con
más de 300 millones de hispanohablantes.
Llamamos lunfardo a un vocabulario con ciertos matices de
energía y color que se apoya en la lengua madre; el castellano, de cuyos
artículos, verbos y conjunciones debe valerse necesariamente.
Es más bien un aire insoslayable, un modo de expresión
coloquial, apto para las confianzas de la amistad. ¿Quien no ha dicho
alguna vez? refiriéndose a alguien que se fue sin aviso ¡Se tomo el
olivo! O de quien no entendió alguna consigna decir: "Agarro para el
lado de los tomates". ¿Quien alguna vez no ha dicho "tarro" por suerte o
"revoque" por maquillaje?
El lunfardo es, como lo ha señalado Gobello, más hijo de la
inmigración que de la cárcel. Si bien su nombre nos remite a la primera
acepción; lombardo por ladrón, que nació como connotación despectiva
hacia los de aquel origen, pues en Lombardia estaban los banqueros y
prestamistas y es sabido que para el pueblo, prestamista y ladrón venían
a ser una misma cosa.
De ahí la palabra lombardo, devenida en lumbardo y por
deformación al ser oída y transmitida, derivó en lunfardo. A pesar de
ese estigma, estuvo lejos de ser un habla secreta, como son las jergas
carcelarias, inestables por obligación y si bien algunos términos
podrían tener ese origen, puesto que delincuentes hubo siempre, en todas
los sitios, aun en los insospechados, pronto abandonaron esas voces tal
condición para entrar en la lengua coloquial de todas las categorías
sociales, ingresar a los medios de comunicación y además atreverse a la
aventura literaria.
Eso es precisamente lo que lo diferencia de los argots que
acompañan a todos los idiomas y por ende, lo que lo torna llamativo para
tantos estudiantes del mundo que vienen a esta Academia a estudiarlo
para luego presentar las tesis en sus países de origen; Francia, EE.UU.,
Canadá, Alemania, Italia, Brasil etc...
El termino "lunfardo" se originó en las orillas ciudadanas,
en nuestro entorno portuario, casi en el mismo caldo de cultivo que dio
origen en España a la germanía, con una composición étnica y social
comunes a las zonas portuarias.
El puerto de Buenos Aires estaba habitado por indígenas,
negros mulatos, muchos indigentes, analfabetos, de los que en tiempos de
Rosas habían compartido la antigua población criolla de las estancias,
quienes sobrevivían con trabajos ocasionales en el mismo puerto, en los
saladeros aledaños al Riachuelo y en el matadero que funcionaba en el
actual Parque de los Patricios.
Estos gauchos, antecesores del compadrito,
sumados al aluvión inmigratorio que fue a hacinarse en los conventillos,
promovieron una forma de hablar que se hizo común a los vendedores
ambulantes, los vigilantes, los integrantes de la baja clase media, en
síntesis, gente del suburbio.
Jorge Luís Borges llamo al lunfardo "Tecnología de la
furca y la ganzúa" acompañando el concepto elitista y excluyente que por
entonces tenían en altos estamentos de la sociedad por tales expresiones
y, porque al decir de Gobello, también cayo en el engaño en que había
caído Benigno Baldomero Lugones, considerado uno de los primeros
lunfardistas.
Benigno Baldomero Lugones era un escribiente del
Departamento de Policía y solo le fue dado recoger los términos que
andaban en boca de ladrones y rateros de poca monta con los que debía
tratar por imposición de su trabajo:
Así registró angelito, otario, atorrar, bacán, biaba, bufoso,
campana, chafo, encanado, escabio, escracho, guita, mina, mosqueta etc,
palabras que también ingresaban al patio de los conventillos, a los
lugares de trabajo y de esparcimiento, para engrosar el léxico de los
inmigrantes quienes por desconocimiento de la lengua del país, en la
urgencia por asimilarse al entorno, ponían en circulación palabras de
ese léxico cercano y oportuno.
Hoy son voces corrientes que circulan en el habla popular de
Buenos Aires, con la posibilidad de acceder al diccionario de
la Lengua cuando su permanencia en el tiempo se lo
habilite, como ha pasado con las palabras pibe, macana, banquina, y una
veintena mas, ya que como reza el lema de nuestra Academia: "El pueblo
agranda el idioma".
Queda claro entonces que el lunfardo no se formo en las
cárceles ni tampoco en los prostíbulos -aún cuando aquellos hayan
contribuido a enriquecerlo- sino que nació en el puerto del Riachuelo, y
en todo caso se adecentó en el patio de los conventillos y en el seno de
los hogares proletarios. |