Rotary Club de Villa Urquiza

PRENSA ROTARIA del Rotary Club de Villa Urquiza

Buenos Aires - Argentina - Distrito 4890 - Rotary International
Fundado el 19 de marzo de 1956. 

Reuniones: Martes 21:30 Hs. en Bucarelli 2583   

Villa Urquiza
 

 
DentiLogic - Software de Odontología

Software Odontológico

 

Cuando ser Argentino era saber leer y escribir


   Por Beatriz Sarlo 

   (recomendación de nota por nuestro socio Daniel Andreotti del sitio en la Web "Los Andes On-Line)

 

 

En el siglo XIX, se pensó a la Argentina en relación con Europa y la democracia norteamericana. El país del siglo XX resultó en parte de una prolongada y conflictiva campaña político-cultural, que tuvo su vanguardia en la escuela pública, gratuita, inclusiva y nacionalizadora. Lo que hoy se llaman políticas culturales fueron, durante las décadas que desconocían ese nombre, bastantes eficaces porque, con la educación como práctica que interesó a lo más progresista de las élites, armaron el público de los grandes medios masivos del siglo XX, comenzando por los diarios y la industria editorial. De la escuela pública salían los hombres y mujeres que expandieron el mercado de impresos. Durante décadas, la Argentina pudo comparar sus cifras de lectura con las de algunas regiones de Europa. El país se creía plenamente modernizado. Ser argentino era leer y escribir, tener empleo y ciudadanía política: para todo hubo límites, pero nunca tantos ni tan humillantes como los de la exclusión de estos tiempos.

Todos los días nos preguntamos dónde hemos llegado. Pasaron casi veinte años desde la restauración democrática que fracasó en sus ideales de justicia. Pasaron diez años de revolución menemista, esa transformación inicua, sorda a las advertencias e implacable con quienes serían perjudicados para siempre. De esa transformación queda, también para los muchos que la apoyaron por lo menos hasta la mitad del camino, un imaginario quebrado, una idea de la Argentina que se pulverizó tan rápidamente como el argendólar, ese venenoso invento que liquidó a miles.

Entre otras consecuencias sobre las que se escribe todos los días, se ha destruido el público lector como categoría cultural y sociológica. Varios fenómenos confluyeron a este desastre que, bastante rápido, terminó con lo que había llevado un siglo y medio construir. Un público lector no resulta simplemente de la abundancia, ni puede pensarse que se lo alienta sólo con políticas culturales. Lo hacen posible, en cambio, las políticas educativas. Donde hay escuela, hay público. Y allí donde la escuela retrocede, se pone en riesgo la reproducción de una masa significativa de lectores. No hablo de las élites de lectores y escritores; hablo de ese público cuyas elecciones parecen muchas veces banales pero que, en la nación moderna, es el suelo sobre el que se recortan tanto la experimentación estética como la ideológica, aunque no lo tengan como destinatario inmediato.

La educación es la piedra de toque de un público lector. Nunca ni en ninguna parte ha sucedido a la inversa, es decir que la abundancia de libros provoque la alfabetización de masas. La Argentina es una prueba, entre tantas, de que es la alfabetización la que sienta condiciones para la existencia y la circulación del material impreso. Excepto en las anécdotas edificantes donde alguien aprende a leer porque quiere saber qué hay dentro de un libro, es en la escuela donde se encuentran por primera vez los libros y la lectura, salvo que se venga de una familia donde los libros formen parte del equipamiento. Y no se puede confiar el futuro sólo a las estrategias culturales de las familias.

Con esto quiero decir cosas que deberían ser bien evidentes. La literatura puede esperar a sus lectores y confiar que los encontrará en el futuro (aunque a los escritores les resulte difícil esperar ese tiempo por venir, siempre una hipótesis y una promesa). Quienes no pueden esperar, porque quedan al margen de los libros probablemente para siempre, son los que no reciben en el momento adecuado las destrezas necesarias. Y el momento adecuado es la infancia y la adolescencia; y las destrezas necesarias no son sólo la desnuda alfabetización (que los chicos lean carteles y publicidades, recetas de cocina y letras de rock, como recitan algunos pedagogos optimistas), sino las que permiten un trato de confianza, de impertinencia, de extrema cercanía física, de aceptación y transgresión, con los libros.

¿Por qué es necesario estar en condiciones de leer? Una respuesta evidente sería que poder leer es tan imprescindible como escuchar radio y mirar televisión. Pero la lectura es una posibilidad y un derecho cuyo ejercicio no tiene nada de "espontáneo". Por el contrario, exige costumbres que se aprenden y habilidades cuyo manejo requiere años de entrenamiento. Para decirlo rápidamente: leer es más difícil que mirar televisión, pero lo que se obtiene de la lectura tiene un carácter más permanente. La lectura es una experiencia en la que el tiempo juega del lado del lector y no del lado del medio técnico y de quienes lo manejen.

 

En los últimos años se difundió la moda de pensar que la lectura era un bien sólo para aquellos que pertenecían a una vieja configuración cultural, atenida a la civilización del libro, ese artefacto de papel que sigue siendo la máquina más cómoda para leer, aunque hayan aparecido otras máquinas alternativas. Incluso admitiendo que esas nuevas máquinas sean las de la lectura futura, que transcurrirá frente a las pantallas y no frente a la página (y éste es un futuro que se ha anunciado como presente en los últimos años sin que la predicción se demostrara, por ahora, acertada), la capacidad de leer seguirá siendo indispensable en ese tiempo conjetural. Por otra parte, nadie podría exhibir sin inconsciencia un optimismo tecnológico en la Argentina de la crisis. De aquí en más, será más fácil repartir libros que computadoras y accesos a Internet. Me parece una pérdida, pero reconocerlo sería un acto de realismo y un despertar de las ensoñaciones virtuales de muchos administradores y técnicos.

 

Si se pone entre paréntesis la hipótesis tecnológica de la transformación de los medios de lectura, lo que queda son las cifras de lectura en un país y en un momento dado. Los chicos que van a la escuela han leído casi un libro por año, una cifra de pesadilla. Y no sabemos si ese "casi un libro" no se transformará en una fracción menor en los tiempos que vienen. Alguien podría decir que la indigencia de libros se compensa por la astucia del mercado audiovisual. En efecto, se podría decir eso, con lo cual más que cerrar el problema se estaría dando una opinión sobre el reemplazo de los libros por la televisión. Así como en Gran Hermano o en El Bar no se mostraba ni un pedazo de papel impreso (una especie de prohibición fetichística que suponía la hostilidad entre uno y otro medio), el reemplazo de los libros por el discurso televisivo es un destino que, para muchos, no es necesario interpretar como una condena. Sin embargo, basta considerar los programas más vistos para darse cuenta de que esa condena elegida por el ráting no debe necesariamente ser tenida por una nueva forma de cultura, sino precisamente lo contrario: una nueva (y repetida) forma en la que el mercado se impone fingiendo otorgar la máxima libertad.

Frente a eso, difícilmente las políticas de las secretarías de Cultura puedan sostenerse. Frente a eso, las intervenciones deben partir y modificar condiciones materiales e institucionales mucho más básicas. En condiciones de crisis, la Argentina podrá, en el mejor de los casos, focalizar sólo sobre dos o tres núcleos de problemas. Me parece evidente que se trata de la educación pública uno de esos ejes. Una política del libro comienza en la escuela, debe centrarse allí y debe proponerse la reconstrucción de un público. Todos los recursos corresponden a esta política, la única que podría llegar a tener un sentido de futuro.

Hoy el Estado no tiene la fuerza necesaria para intervenir en la perspectiva de un interés general. Hoy, la pelea es de cada fracción contra el resto. La situación excepcional exige resoluciones excepcionales para las que, desgraciadamente, no se ha construido el poder político. De todos modos, hay que discutir las ideas y fijar unos pocos ejes claros, que permitan pensar los años que vienen. En el campo cultural, la escuela es el eje. Sólo ella podrá seguir produciendo el público de los libros, de las editoriales y las bibliotecas. Quizá en la Argentina subsistan algunas políticas culturales activas, y seguramente se seguirán debatiendo intervenciones que protejan el libro y las librerías. Pero los países que desarrollan con probabilidades de éxito esas políticas (que son legislativas y de inversión económica) garantizan, en primer lugar, las bases culturales de la existencia de un público.

La televisión se distribuye gratis o casi gratis. Alguien tiene que hacerse cargo de que no hay futuro si no se distribuye la lectura del mismo modo y si no se la distribuye en los lugares donde sería posible llegar a quienes no encontrarán un libro en otra parte, a quienes el encuentro con un libro puede significar una biografía de lector y el comienzo de una historia de lecturas.

 

 

 

nestorsarandria@hotmail.com

Copyright © 2002 PRENSA ROTARIA del Rotary Club de Villa Urquiza. 
® Derechos reservados. Los símbolos y nombres son propiedad de Rotary International y se utilizan aquí de acuerdo al Manual de Procedimiento. Mantenimiento: Néstor Carlos Sarandria, miembro del Rotary Club de Villa Urquiza, Distrito 4890, Buenos Aires, Argentina.  (4521-2210 / 15-5865-9951)

Soporte Técnico: Gerardo Néstor Sarandria (R.C. de Devoto Parque).
Última modificación: Martes, 22 de Julio de 2008

Volver