(recomendación
de nota por nuestro socio Daniel Andreotti del sitio en la Web "Los
Andes On-Line)
En
el siglo XIX, se pensó a la Argentina en relación con Europa y la
democracia norteamericana. El país del siglo XX resultó en parte de una
prolongada y conflictiva campaña político-cultural, que tuvo su
vanguardia en la escuela pública, gratuita, inclusiva y nacionalizadora.
Lo que hoy se llaman políticas culturales fueron, durante las décadas
que desconocían ese nombre, bastantes eficaces porque, con la educación
como práctica que interesó a lo más progresista de las élites, armaron
el público de los grandes medios masivos del siglo XX, comenzando por los
diarios y la industria editorial. De la escuela pública salían los
hombres y mujeres que expandieron el mercado de impresos. Durante décadas,
la Argentina pudo comparar sus cifras de lectura con las de algunas
regiones de Europa. El país se creía plenamente modernizado. Ser
argentino era leer y escribir, tener empleo y ciudadanía política: para
todo hubo límites, pero nunca tantos ni tan humillantes como los de la
exclusión de estos tiempos.
Todos los días nos preguntamos dónde hemos llegado. Pasaron casi veinte
años desde la restauración democrática que fracasó en sus ideales de
justicia. Pasaron diez años de revolución menemista, esa transformación
inicua, sorda a las advertencias e implacable con quienes serían
perjudicados para siempre. De esa transformación queda, también para los
muchos que la apoyaron por lo menos hasta la mitad del camino, un
imaginario quebrado, una idea de la Argentina que se pulverizó tan rápidamente
como el argendólar, ese venenoso invento que liquidó a miles.
Entre otras consecuencias sobre las que se escribe todos los días, se ha
destruido el público lector como categoría cultural y sociológica.
Varios fenómenos confluyeron a este desastre que, bastante rápido,
terminó con lo que había llevado un siglo y medio construir. Un público
lector no resulta simplemente de la abundancia, ni puede pensarse que se
lo alienta sólo con políticas culturales. Lo hacen posible, en cambio,
las políticas educativas. Donde hay escuela, hay público. Y allí donde
la escuela retrocede, se pone en riesgo la reproducción de una masa
significativa de lectores. No hablo de las élites de lectores y
escritores; hablo de ese público cuyas elecciones parecen muchas veces
banales pero que, en la nación moderna, es el suelo sobre el que se
recortan tanto la experimentación estética como la ideológica, aunque
no lo tengan como destinatario inmediato.
La educación es la piedra de toque de un público lector. Nunca ni en
ninguna parte ha sucedido a la inversa, es decir que la abundancia de
libros provoque la alfabetización de masas. La Argentina es una prueba,
entre tantas, de que es la alfabetización la que sienta condiciones para
la existencia y la circulación del material impreso. Excepto en las anécdotas
edificantes donde alguien aprende a leer porque quiere saber qué hay
dentro de un libro, es en la escuela donde se encuentran por primera vez
los libros y la lectura, salvo que se venga de una familia donde los
libros formen parte del equipamiento. Y no se puede confiar el futuro sólo
a las estrategias culturales de las familias.
Con esto quiero decir cosas que deberían ser bien evidentes. La
literatura puede esperar a sus lectores y confiar que los encontrará en
el futuro (aunque a los escritores les resulte difícil esperar ese tiempo
por venir, siempre una hipótesis y una promesa). Quienes no pueden
esperar, porque quedan al margen de los libros probablemente para siempre,
son los que no reciben en el momento adecuado las destrezas necesarias. Y
el momento adecuado es la infancia y la adolescencia; y las destrezas
necesarias no son sólo la desnuda alfabetización (que los chicos lean
carteles y publicidades, recetas de cocina y letras de rock, como recitan
algunos pedagogos optimistas), sino las que permiten un trato de
confianza, de impertinencia, de extrema cercanía física, de aceptación
y transgresión, con los libros.
¿Por qué es necesario estar en condiciones de leer? Una respuesta
evidente sería que poder leer es tan imprescindible como escuchar radio y
mirar televisión. Pero la lectura es una posibilidad y un derecho cuyo
ejercicio no tiene nada de "espontáneo". Por el contrario,
exige costumbres que se aprenden y habilidades cuyo manejo requiere años
de entrenamiento. Para decirlo rápidamente: leer es más difícil que
mirar televisión, pero lo que se obtiene de la lectura tiene un carácter
más permanente. La lectura es una experiencia en la que el tiempo juega
del lado del lector y no del lado del medio técnico y de quienes lo
manejen.
En los últimos años se difundió la moda de pensar que la lectura era un
bien sólo para aquellos que pertenecían a una vieja configuración
cultural, atenida a la civilización del libro, ese artefacto de papel que
sigue siendo la máquina más cómoda para leer, aunque hayan aparecido
otras máquinas alternativas. Incluso admitiendo que esas nuevas máquinas
sean las de la lectura futura, que transcurrirá frente a las pantallas y
no frente a la página (y éste es un futuro que se ha anunciado como
presente en los últimos años sin que la predicción se demostrara, por
ahora, acertada), la capacidad de leer seguirá siendo indispensable en
ese tiempo conjetural. Por otra parte, nadie podría exhibir sin
inconsciencia un optimismo tecnológico en la Argentina de la crisis. De
aquí en más, será más fácil repartir libros que computadoras y
accesos a Internet. Me parece una pérdida, pero reconocerlo sería un
acto de realismo y un despertar de las ensoñaciones virtuales de muchos
administradores y técnicos.
Si se pone entre paréntesis la hipótesis tecnológica de la transformación
de los medios de lectura, lo que queda son las cifras de lectura en un país
y en un momento dado. Los chicos que van a la escuela han leído casi un
libro por año, una cifra de pesadilla. Y no sabemos si ese "casi un
libro" no se transformará en una fracción menor en los tiempos que
vienen. Alguien podría decir que la indigencia de libros se compensa por
la astucia del mercado audiovisual. En efecto, se podría decir eso, con
lo cual más que cerrar el problema se estaría dando una opinión sobre
el reemplazo de los libros por la televisión. Así como en Gran Hermano o
en El Bar no se mostraba ni un pedazo de papel impreso (una especie de
prohibición fetichística que suponía la hostilidad entre uno y otro
medio), el reemplazo de los libros por el discurso televisivo es un
destino que, para muchos, no es necesario interpretar como una condena.
Sin embargo, basta considerar los programas más vistos para darse cuenta
de que esa condena elegida por el ráting no debe necesariamente ser
tenida por una nueva forma de cultura, sino precisamente lo contrario: una
nueva (y repetida) forma en la que el mercado se impone fingiendo otorgar
la máxima libertad.
Frente a eso, difícilmente las políticas de las secretarías de Cultura
puedan sostenerse. Frente a eso, las intervenciones deben partir y
modificar condiciones materiales e institucionales mucho más básicas. En
condiciones de crisis, la Argentina podrá, en el mejor de los casos,
focalizar sólo sobre dos o tres núcleos de problemas. Me parece evidente
que se trata de la educación pública uno de esos ejes. Una política del
libro comienza en la escuela, debe centrarse allí y debe proponerse la
reconstrucción de un público. Todos los recursos corresponden a esta política,
la única que podría llegar a tener un sentido de futuro.
Hoy el Estado no tiene la fuerza necesaria para intervenir en la
perspectiva de un interés general. Hoy, la pelea es de cada fracción
contra el resto. La situación excepcional exige resoluciones
excepcionales para las que, desgraciadamente, no se ha construido el poder
político. De todos modos, hay que discutir las ideas y fijar unos pocos
ejes claros, que permitan pensar los años que vienen. En el campo
cultural, la escuela es el eje. Sólo ella podrá seguir produciendo el público
de los libros, de las editoriales y las bibliotecas. Quizá en la
Argentina subsistan algunas políticas culturales activas, y seguramente
se seguirán debatiendo intervenciones que protejan el libro y las librerías.
Pero los países que desarrollan con probabilidades de éxito esas políticas
(que son legislativas y de inversión económica) garantizan, en primer
lugar, las bases culturales de la existencia de un público.
La televisión se distribuye gratis o casi gratis. Alguien tiene que
hacerse cargo de que no hay futuro si no se distribuye la lectura del
mismo modo y si no se la distribuye en los lugares donde sería posible
llegar a quienes no encontrarán un libro en otra parte, a quienes el
encuentro con un libro puede significar una biografía de lector y el
comienzo de una historia de lecturas.