Primera
Categoría
Titulo:
El desfile de la vida
Autor:
Estefanía Baldi, Tatiana Belén Singer
Colegio:
Tomás Devoto 2do. Año
El
subte emprendió su marcha ‘’como todos los días’’. La estación
Federico Lacroze estaba colmada de gente ‘’como todos los días’’.
Tenía que llegar a Carlos Pelegrini en menos de treinta minutos, creo que
la velocidad arrolladora del subte lograría atravesar la avenida
Corrientes y esas nueve estaciones casi sin darme cuenta ‘’como todos
los días’’, ya sea sumergida en mi libro o en mis pensamientos.
Pero
ese día en particular algo hizo que nada ni nadie me fuera indiferente;
bastó con girar mi cabeza y mirar por la ventanilla en esa primera estación
en la que el subte se detuvo. No lo podía creer, si apenas tenían ocho o
nueve años y ya estaban, por decirlo de alguna manera, trabajando, casi
sin abrigo, de sus zapatillas se asomaban esos fríos deditos sucios de
tanto andar. Eran niños , niños que en lugar de estar en la escuela o en
sus casas abrigados por el calor que solo un hogar puede darles, estaban
haciendo lo que sus padre no hacen o si bien, de alguna manera lo
realizan, no les alcanza para vivir dignamente.
Algunos
vendías curitas, otros lapiceras, y los más pequeños estampitas a
cambio de una moneda.
En
ese momento pensé y me cuestioné, qué puedo hacer para ayudar. Será
que cada uno vive absorbido en su propio mundo y le cuesta tanto mirar a
su alrededor. No me perdono hacer todos los días el mismo viaje y no
haber reparado en todo lo que me rodea, lo que nos rodea.
Las
estaciones se seguían sucediendo a una velocidad a la que yo me oponía.
Ahora estaba ya en Medrano. Me hubiese gustado detener el subte, decirle
al maquinista y a todos los que ese momento me rodeaban... Basta, no se
puede vivir siempre ‘’como todos los días. Leyendo el diario,
algunos, otros durmiendo y el resto con la mirada perdida hacia no se
donde, pensando en el sueldo que no se cobra, en la madre que necesite medicamentos que la obra social no cubre, en el
estomago vacío de un desayuno rápido y liviano para que alcance el resto
de la semana. El mendigo acurrucado en un rincón con la mano extendida,
sin hablar, apenas murmurando, pero en sus ojos se reflejaba ese grito
ensordecedor que decía... por favor, aquí estoy, llegué hasta aquí
porque la indiferencia de un sociedad injusta y egoísta se niega a verme,
pero existo soy real y necesito que me ayudes, estoy solo.
Entonces
pensé, en cuánta gente está sola, gente sin empleo, gente con trabajo,
pero que sus sueldos llegan a cubrir sus necesidades hasta el quince de
cada mes.
Solidaridad,
esa palabra de tan solo once letras, repentinamente apareció en mi mente.
Pensé que no sería fácil convocar a todos los que están a mi alrededor
a una campaña solidaria, pero sí sería importante estar dispuesta a
compartir ese dolor que muchos cargan en sus espaldas.
Pero
el subte no conoce de sentimientos y avanza por esas vías por debajo del
cemento, como escapándose y ocultándose de la realidad que lo pisotea
diariamente.
Ya
estábamos en Uruguay, una estación más y llegaba a mi destino. Que poco
tiempo tenía,
pensar que al subir deseaba llegar y treinta minutos y ahora no quería
bajar.
Sólo un pensamiento y una propuesta me convencieron de que este
viaje no había sido uno más, mi consigna de ahora en más no va a ser
como la de’’todos los días’’, todo lo contrario, a partir de este
día,
algo
tiene que cambiar, porque no puedo quedarme con los brazos cruzados, tengo
que ofrecer mi corazón. Y me dije: se terminó, la indiferencia te está
alejando de una realidad que nos concierne a todos, no podes vivir tu
propio mundo como si nada ocurriese frente a tus narices. El pobre
luchando por su pobreza, el que tiene mucho, luchando por conseguir un
poco más, los chicos de la calle, esos chicos desamparados, esos jóvenes
que quizá por desesperación o por falta de contención no encontraron el
camino o que si bien lo encontraron, lo vieron complicado, y prefirieron
vivir a la deriva.
No
sé cuál será la manera pero sí sé que no hay que cerrar los ojos, que
algo tengo que hacer. Todos los días recorro estas nueve estaciones y en
ellas desfilan todos los modelos de esta sociedad, no se trata de tener un
carteles colgado que digan Amigo, aquí estoy, quiero decirte que no estás
solo, sino de cooperar cada uno desde su lugar, un poquito, una migaja.
Pareciera que no importara, pero sí importa, y mucho, porque en una
sociedad indiferente no hay nada más importante que tener los ojos bien
abiertos para, primero, aprender a mirarnos por dentro, y luego a los que
tenemos a nuestros alrededores.
Carlos
Pellegrini, última estación en mi recorrido, la gente desciende del
subte y continúa con su vida pero
yo me siento distinta, algo dentro mío ahora es diferente, si yo pude
darme cuenta, también vas a poder vos, nada es imposible, jamás se llega
la cima sin antes haber tropezado, acuérdate, detrás de un línea de
llegada hay una línea de partida, después de cada logro aparece un nuevo
desafío, mientras estés vivo, siéntete vivo... pero nunca te detengas.
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