Rotary Club de Villa Urquiza

PRENSA ROTARIA del Rotary Club de Villa Urquiza

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Villa Urquiza
 

 
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Las Virtudes Teologales


Fe, 

Esperanza y 

Caridad (amor), 

cuyo objeto directo es Dios.

 

Artículo publicado en Marzo de 1994 Nº 25 de Prensa Rotaria

 

 

1ª  Virtud Teologal de la Fe

 

Fe significa creer algo a alguien. Quien cree, acepta por el testimonio de otro, que un determinado contenido es algo real y verdadero. Esto podría ser de una manera esquemática el concepto de Fe. Como puedes observar existen entonces dos elementos esenciales, por una parte la creencia en un contenido, el tenerlo por verdadero y por otro la creencia a una persona, la confianza en ella.

Fe quiere decir por tanto tener algo por real y verdadero en virtud del testimonio de otro. El hombre puede ser obligado a hacer muchas cosas, incluso en contra de su voluntad. Pero creer sólo podrá hacerlo si quiere. He aquí pues, otro ingrediente importante: La voluntad. En el acto mismo de la Fe, el creyente cree porque quiere creer. De manera que el concurso de la voluntad en el acto de fe es imprescindible. Por otra parte, tener Fe implica participar en el conocimiento de alguien que sabe. Si no hay nadie que vea y que sepa, no puede haber nadie que crea,

La Fe es un acto libre, a nadie, absolutamente a nadie se le puede obligar a que crea, de allí que surja otro elemento de la Fe: La Libertad. Todos estos conceptos y elementos constitutivos del acto de Fe nos llevan a una primera conclusión: La Fe se manifiesta como una convicción del hombre en todo su ser, pues además del entendimiento abarca, la voluntad y la libertad. Ahora bien, la verdadera Fe, es espontánea. La creencia puedes adquirirla mediante el estudio, pero la fe no, por eso e dije al principio: cree el que quiere libremente pues la Fe no se mezcla con ningún análisis. Lo importante en todo esto es si quieres saber, la búsqueda del perfeccionamiento jamás ha sido por la personas que solamente creen o no creen, de lo que se trata es de estudiar para saber. Si tienes Fe en lo que haces y por que lo haces, entonces podrás estudiar y de esta manera alcanzarás el camino del saber.

 

3ª  Virtud Teologal de la Caridad (amor)

 

1ra. Carta a los Corintos de San Pablo

Nada más perfecto que la caridad (amor)  

13. Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara la caridad (amor), no sería más que bronce que resuena y campana que toca. Si yo tuviera el don de profecía, conociendo las cosas secretas con toda clase de conocimientos, y tuviera tanta fe como para trasladar los montes, pero me faltara caridad (el amor), nada soy. Si reparto todo lo que poseo a los pobres y si entrego hasta mi propio cuerpo, pero no por caridad (amor), sino para recibir alabanzas, de nada me sirve.

La caridad (el amor) es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. La caridad (el amor) no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. La caridad (el amor) nunca pasará. Pasarán las profecías, callarán las lenguas y se perderá el conocimiento. Porque el conocimiento, igual que las profecías, no son cosas acabadas. Y, cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá. Cuando yo era niño, pensaba y razonaba como niño, pero cuando ya fui hombre, dejé atrás las cosas del niño.

Del mismo modo, al presente, vemos como un mal espejo y en forma confusa, pero entonces será cara a cara. Ahora tenemos la fe, esperanza y la caridad (el amor), los tres. Pero el mayor de los tres es la caridad (el amor).

No hay caridad (amor) auténtico sin fe y sin esperanza.

Indice

Las Virtudes

Las Virtudes

 

2ª  Virtud Teologal de la Esperanza

 

Para el Papa Juan, la segunda entre las siete “lámparas de la santificación” era la esperanza. Esta virtud, es obligatoria para todo cristiano.

Dante, en su Paraíso (cantos 24, 25 y 26) imaginó que se presentaba a un examen de cristianismo. El tribunal era de altos vuelos. “¿Tienes fe?”, le pregunta, en primer lugar, San Pedro. “¿Tienes esperanza?”, continúa Santiago. “¿Tienes caridad?”, termina San Juan. “Sí,-responde Dante tengo fe, esperanza y caridad”. Lo demuestra y pasa el examen con la máxima calificación.

He dicho que la esperanza es obligatoria; pero no por ello es fea o dura. Más aún, quien la viva, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista Abrahám: "Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado".

Se puede aplicar lo que de Abrahán dijo San Pablo: “Creyó esperando contra toda esperanza” (Rom 4, 18).

He aludido a los Salmos. La misma segura confianza vibra en los libros de los Santos. Quisiera que leyerais una homilía predicada por San Agustín un día de Pascua sobre el Aleluya. Él verdadero Aleluya --dice más o menos-- lo cantemos en el Paraíso. Aquel será el Aleluya del amor pleno; éste de acá abajo, es el Aleluya del amor hambriento, esto es, de la esperanza.

No todos tiene simpatía con la esperanza. Nietzsche, por ejemplo, la llama “virtud de los débiles”.

 

Andrew Carnegie, un escocés que marchó, con sus padres, a América, donde poco a poco llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo. No era católico, pero me impresionó el hecho de que hablara insistentemente de los gozos sanos y auténticos de su vida. "Nací en la miseria -decía-, pero no cambiaría los recuerdos de mi infancia por los de los hijos de los millonarios. ¿Qué saben ellos de las alegrías familiares, de la dulce figura de la madre que reúne en sí misma las funciones de niñera, lavandera, cocinera, maestro, ángel y santa?". Se había empleado, muy joven, en una hilandería de Pittsburg, con un estipendio de 56 miserables dólares mensuales. Una tarde, en vez de pagarle enseguida, el cajero le dijo que esperase. Carnegie temblaba: “Ahora me despiden“, pensó. Por el contrario, después de pagar a los demás, el cajero le dijo: “Andrew, he seguido atentamente tu trabajo y he sacado en conclusión que vale más que el de los otros. Te subo la paga a 67 dólares”.

Carnegie volvió corriendo a su casa, donde la madre lloró de contento por la promoción del hijo. “Habláis de millonarios -decía Carnegie muchos años después--; todos mis millones juntos no me han dado jamás la alegría de aquellos once dólares de aumento”.

 

 

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Última modificación: Martes, 22 de Julio de 2008

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